Ex Machina
¿Alguien recuerda títulos de adolescentes mucho mejores que Runaways? ¿Alguno de nosotros, machos viriles que asolamos el paisaje (con lo bonito que es un mundo lleno de mujeres), ha querido y deseado ser el último hombre de la tierra, tal y como ocurre con Y? Esto es lo que nos enseñó el guionista Brian K. Vaughan antes de ganar sus 3 últimos premios Eisner (los 2 anteriores le fueron concedidos tanto por Y como por Runaways) por su última obra: Ex Machina.
Situémonos. Nos encontramos en el mundo real, bueno, un mundo alternativo en el que no existen superhéroes, dioses o alienígenas extra-terrestres... Aquí sólo existe un hombre que, por azares del destino, halló una especie de amalgama entre TNT y kriptonita que le explotó en plena jeta dándole la capacidad de hablar con, y controlar todas las máquinas del planeta (incluso con las pistolas semi-automáticas). Tras unos años junto a un marine degradado a rango de teniente (Bradbury) y un coleguita ruso y marxista (como no iban a incluir eso los americanos) de su madre llamado Kremlin como amigos del alma ayudándole en la titánica tarea de salvar a la gente bajo el manto superheroico de La Gran Máquina, Mitchell Hundred (el buenazo de nuestro prota) decide acabar con la corrupción y el mal que asola su bella e incente ciudad de NY, presentándose a alcalde de la misma (¿os imaginais al Supes de Presi de los u-ese-a?). Todo viene a consecuencia de lo que él considera su gran fracaso como héroe: no haber podido detener el primer avión que chocó contra la primera de las torres del World Trade Center (cierto, al final del primer comic-book se nos pone ante las narices un increible splash-page donde vemos un precioso cuadro de Manhatan donde aún recorta el cielo una de las 2 malhalladas Torres Gemelas).
No calificaría de preciosista el dibujo (calcado, sí, pero con mucho arte) de Tony Harris, pero es mucho más que correcto. Realista. Al final del tomo en español se nos muestra el proceso de realización de algunas páginillas a partir de fotos reales.
El alcalde Hundred se gana nuestra confianza por su bondad y dedicación a la causa perdida de arreglar NY (joder, ese es su puto atractivo; el de la ciudad, no el del tal Mitchell). El teniente alcalde rastafari que me parece excesivo, la guapa becaria Journal que ni siquiera se la chupa a su jefe (qué correcta ella) y ese trasunto de la René Montoya de Batman en la comisaria de policía Olivetti... son personajes de un elenco magnífico.
Y los asuntos tratados en la obra son tan dispares y tan realistas, como la vida misma, vamos: el niñato de instituto que con aires de megalómano, la jodida pija que se cree artista por un par de críticas hechas con el ojo del culo, el problema del racismo o temas tan terrenales como la limpieza y retirada de nieve de las calles de La Gran Manzana, hacen de un supuesto cómic de superhéroes una historia maravillosa, llena de humanidad, humildad, fallos y, sobretodo, rincones oscuros. Tal y como son nuestras naturalezas de "homen lupus homini est" desde el principio del los tiempos. Todo ello enmarcado en la que quizá es la más diversa y cosmopolita de las ciudades del mundo.


